El pasado 25 de febrero, en el hotel Paraíso Radisson Perisur de la ciudad de México, se llevó a cabo la primera reunión de trabajo de un grupo multidisciplinario de personas que nos hemos dedicado a las enfermedades lisosomales y a otras enfermedades genéticas poco frecuentes.
A esta reunión asistieron tres médicos del Instituto Nacional de Pediatría, varios ejecutivos de Genzyme (la empresa farmacéutica que vende los tratamientos de remplazo enzimático para los lisosomales), tres asociaciones de pacientes, una funcionaria médica del ISSSTE y un invitado especial: un médico del sector salud de Chile.
El objetivo de esta primera sesión de trabajo no fue la de convencer a nadie sobre la importancia de esforzarse por los lisosomales, sino el iniciar el diálogo entre todas las voces ya involucradas para presentar ante el Congreso de la Unión una propuesta de ley que permita a los pacientes el acceso a sus tratamientos médicos. En otras palabras, se propuso que el trabajo de todos los actores que buscan el bienestar de los enfermos genéticos se sincronice y coordine a fin de que la legislación actual incorpore en el servicio de salud gubernamental la atención médica que todas los enfermos mencionados requieren.
El Proyecto Pide un Deseo México fue invitado a participar en esta primera reunión. Confieso que nosotros sorprendimos a los demás invitados cuando arrancamos el trabajo de todos con un pequeño socio-drama que representamos y que estuvo destinado a recalcar la actitud displicente de algunos funcionarios de salud gubernamentales.
Después de ello y de unas palabras de nuestro presidente David Peña, escuchamos una breve historia de lo que se ha hecho en otras partes del mundo en relación a la legislación que protege a pacientes de enfermedades poco frecuentes. El médico chileno, Juan Cabello, nos relató la experiencia de su país en la materia que nos atañe. Al final, concluimos con un listado de tareas que el grupo debe resolver para alcanzar el objetivo que se propuso en la mesa: redactar una propuesta de ley, adaptada a las necesidades de los pacientes mexicanos que padecen enfermedades genéticas moleculares poco frecuentes.
De esta primera reunión me parece correcto anotar mis comentarios a fin de no sólo hacer la simple relación de hechos, sino también la de los sentires y pareceres de algunos participantes destacados. Contrario a lo que queremos pensar de nosotros mismos, todos somos humanos con emociones, ideales, ilusiones, agendas secretas, presunciones y suposiciones acerca del trabajo y del resto de los participantes. Todos. No quiero que usted, amable lector, crea que somos autómatas perfectamente razonables que sólo vemos y buscamos el bien común, puesto así como un ideal, una idea abstracta quizás inalcanzable.
Los participantes mostramos nuestros sentimientos e ideas al hablar y ser parte activa de la sesión de trabajo. Algunos mostramos ciertos recelos o ideas preconcebidas sobre la actuación de otros. Unos buscamos hacer que nuestra voz sea la más fuerte y otros no deseamos que sean los unos los que abarquen la totalidad del espacio. Las emociones así son encontradas, conflictivas y desgastantes. Así somos humanos, pues.
La amena exposición del dr. Cabello me llamó la atención sobre un punto relacionado con lo que acabo de comentar. Él dijo que los participantes de este tipo de sesiones “deben entender el rol complementario que tiene cada uno de los otros miembros“. Parecen palabras fáciles de comprender, pues de todas ellas, ninguna escapa a nuestro entendimiento… Así parece, ¿o no?
No, no es así. En esta primera reunión de trabajo prevaleció más la emoción que la razón. Salieron a flote las palabras que describen cómo nos sentimos respecto al actuar del otro. Si me preguntan a mí, la concentración no estuvo en las razones y en los objetivos de trabajo. Algunos participantes vieron como enemigos, como amenza, como abrumadora presencia, las palabras y la presencia de nuestro presidente David Peña.
Tengo que decir a su favor que la trinchera que él ha defendido durante más de doce años no es la suya: es la de más de 120 pacientes que han cambiado el paradigma de muerte a uno de vida, pues es él -y no los funcionarios públicos ni los propios médicos de los pacientes- quien ha conseguido que se les haya otorgado el tratamiento de remplazo enzimático (T.R.E.) que les cambió sus vidas. No lo hizo con oficios institucionales y palabras bonitas y educadas. No lo pidió como favor ni “por favor”, ni dio las gracias a quien inicialmente se opuso a que los derecho-habientes recibieran lo que les correspondía. En cambio, sí lo hizo rompiendo puertas y abrumando a funcionarios tibios que no hacen su trabajo.
Esto que digo ahora no son palabras. Son los espejos de la realidad. Son espejos que no reflejan tan bien como quisiera las emociones de las madres que han visto a sus hijos un año más con vida. Son espejos que no reflejan el sudor de los que han acompañado a David Peña ni el de él mismo cuando un financiero de alguna de estas instituciones le responde que “el dinero no alcanza”.
La diferencia entre su acción violento y el correcto actuar de otros no se debe a la bárbara naturaleza de su ser. No se debe tampoco a su rasposo lenguaje o a sus gritos más fuertes. Se debe a que él ya comprendió, hace mucho tiempo, hace más que ninguno de los otros y peor aún, ya comprendió algo que algunos otros no han comprendido: que “lo amable y lo institucional” no es el modelo a seguir para lograr que el IMSS, el ISSSTE, la SEDENA, el ISSFAM, el ISEMyM y el resto de las instituciones de salud estatales y federales otorguen el T.R.E. a los pacientes. Ellos, los de salud del gobierno, funcionarios y médicos, se han resistido y probablemente se seguirán resistiendo a hacer algo diferente: a comprometerse de verdad, con todo y sin nada para el regreso, con una artesana de tapetes de palma de Oaxaca, a dar la cara y el alma y el sudor y las lágrimas a un teniente mayor de la SEDENA, a comprometerse con una vendedora de tamales de Querétaro o con una burócrata de Pemex, todos ellos padres de niños lisosomales.
Las percepciones de otros miembros de esta sesión de trabajo son diferentes, por supuesto. Algunos quieren ir del paso 1 al paso 2 y así sucesivamente. En orden y con orden. Por favor, amigo lector, dígaselo así a Maricarmen, madre de los gemelos Lara con MPS VII, a Conchita, mamá de Eynel con MPS II. Pero dígaselo y no se vaya. Y no sienta su dolor ni su desesperación ni tampoco se quite la sensación de aislamiento con que tiene usted que cubrirse para no verse abrumado por ellas. Y regrese a su casa, con sus hijos sanos y dígales que los quiere mucho y que usted haría todo, todo, absolutamente todo lo que tuviera que hacer si alguno de ellos padeciera una enfermedad genética poco frecuente.
Confieso que todo lo que he redactado aquí me pesa. El enemigo no sólo está afuera; también está dentro. No es que seamos malos per se ninguno de nosotros. Creo, simplemente, que no todos se han calzado las zapatillas del paciente.
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